Señor Secretario General de Naciones Unidas, amigo Kofi Annan; señor Primer Ministro de Turquía; señoras y señores miembros del Grupo de Alto Nivel; señoras y señores,
Deseo que mis primeras palabras sean, ante todo, para agradecer a los miembros del Grupo de Alto Nivel el informe que hoy nos presentan. Nos ofrecen el fruto de la inteligencia, la pasión y la entrega de un grupo de mujeres y hombres de excepcional valía, que han trabajado abnegadamente a lo largo de todo un año de intensos debates y de profundas reflexiones. Y quiero de manera muy singular agradecer al Secretario General, a Kofi Annan, su visión, su liderazgo y su compromiso en el impulso que ha dado a una iniciativa que no podría haberse materializado sin su apuesta personal.
Pueden imaginarse que es para mí una satisfacción muy íntima ver cómo una etapa tan importante como la que hoy culmina en el proyecto de la Alianza de Civilizaciones ha tomado cuerpo, se ha hecho realidad y, a partir de aquí, con el Plan de Acción, con el desarrollo de todas las iniciativas que el Grupo ha pensado y ha discutido, que van a contribuir decisivamente a esa cultura de paz, de entendimiento, de reconocimiento del otro, de la diversidad, y que van a hacer cada vez más minoritarias, más solitarias, las tesis del choque de las culturas, de las civilizaciones, las tesis de la fuerza, las tesis de la derrota.
En muchas ocasiones el trabajo de los dirigentes políticos consiste en hacer oficial lo que los ciudadanos ya practican en la vida cotidiana de sus sociedades. Hace más de un cuarto de siglo que en mi país transitamos de la dictadura a la democracia, del oscurantismo a la libertad, del uniformismo a la diversidad. Si ese tránsito fue rápido y pacífico, se debió a que la sociedad española en sus costumbres sociales, en sus hábitos cotidianos, era mucho más democrática que las instituciones del Estado.
Cada día en los informativos de las televisiones, en las páginas de los periódicos, se recoge el relato del conflicto, de la violencia, de la guerra, del choque de civilizaciones. Cada día se escuchan en los Parlamentos las voces que, para condenarlo, hablan de ese choque de civilizaciones. Es más, hay quienes han considerado al proyecto de la Alianza de Civilizaciones un sueño ingenuo y bien intencionado, como si sólo el pesimismo fuera el heraldo del realismo, como si sólo la desesperanza tuviese la sólida consistencia de la cosas, como si sólo las palabras amargas pudieran describir el mundo en el que vivimos.
Sin embargo, no faltan en el mundo real ejemplos de convivencia entre las personas de diferentes culturas y religiones. Lo que faltan son palabras que den cuenta de sus historias de convivencia y entendimiento. No faltan amistades en las aulas de las escuelas y los institutos entre niños y jóvenes de diferentes orígenes; ni faltan ejemplos de colaboración entre universidades o empresas; ni faltan largas experiencias de convivencia y cooperación entre trabajadores de diferentes países y religiones en los talleres de las fábricas, en las profundidades de las minas, en los limitados espacios de los barcos de pesca, en los campos y en las granjas, o en los andamios de las obras. Ésa es también la realidad de las civilizaciones.
No es un sueño optimista e ingenuo, es la realidad de la convivencia y el entendimiento cotidianos, la palmaria realidad de cada día, y lo que faltan son instituciones y mecanismos que protejan y extiendan esa realidad pacífica y luminosa. Estoy seguro de que podemos encontrar en el seno de nuestras culturas, en todas las culturas, sólidas razones para el entendimiento con las otras religiones y culturas, con las otras civilizaciones.
Si los emigrantes, los trabajadores, los estudiantes y los vecinos de los barrios son capaces de encontrar sus culturas y los instrumentos para el entendimiento cercano y cotidiano, para la convivencia más próxima, para la interacción más frecuente con los miembros de otras culturas, ¿por qué no van a encontrarlos los intelectuales, los creadores de opinión o los políticos? ¿Por qué dedicar tantas energías a perfilar las fronteras de nuestras diferencias en lugar de aprender de la gente que dibuja el abrazo de lo que nos une?
En cada lugar de la Tierra, de un mundo cada vez más humano, hombres y mujeres se encuentran ante los mismos problemas. En cualquier parte, en la ciudad más grande y en la aldea más pequeña, las personas de mi edad tienen padres mayores e hijos adolescentes, están preocupados por la salud de sus padres, por la educación de sus hijos, por mejorar las condiciones de vida de sus familias y de sus comunidades.
Frente a esas preocupaciones, el prójimo no es un enemigo, es un aliado. Los grandes enemigos son enemigos comunes de toda la Humanidad: la enfermedad, el hambre, la incultura, la violencia, la opresión. Por eso representamos a esos millones de hombres y mujeres que conviven en nuestras ciudades y cooperan en los trabajos y en las instituciones; hombres y mujeres que nos exigen que su voz se eleve por encima del ruido de los disparos y las bombas, y que acabemos con la violencia y sus justificaciones.
En unas culturas y otras, en unos países y otros, se escuchan voces que pretenden acabar con la diversidad del mundo, acabando primero con la diversidad de sus propias sociedades. Los que están dispuestos a combatir los valores de otras culturas y religiones con la violencia antes o después emplearán la violencia contra las personas de su misma cultura y religión.
Frente a los que quieren sacrificar la paz para defender nuestros valores debemos alzar nuestra voz para decirles que la paz es el último de nuestros valores que estaríamos dispuestos a sacrificar, porque sin paz no hay libertad, no hay justicia, no hay dignidad y no hay prosperidad. Y hablo en nombre de un país cuyos ciudadanos y ciudadanas han dado testimonio en numerosas ocasiones de su voluntad de paz y han demostrado que la paz es la mejor tierra, los mejores cimientos, para la libertad y el progreso.
Conquistamos pacíficamente nuestras libertades y eso las hizo más sólidas; construimos pacíficamente nuestro orden político y eso lo ha hecho más fructífero y, cuando sufrimos el más duro golpe del terrorismo, los españoles, tantas veces golpeados por el terrorismo, reaccionamos pacíficamente. En aquel día trágico del 11 de marzo de 2004, ni un solo acto de xenofobia, ni uno, y, porque abominamos de la venganza, encontramos el consuelo de la Justicia. La violencia quebró las vidas de nuestros hermanos, pero no la integridad y los principios de nuestro pueblo.
Por eso, ni la violencia que ejercieron contra nosotros, ni la incitación a la venganza que algunos alimentaron, pudieron cambiar la voluntad de paz de los españoles. Ésa es nuestra fuerza principal.
Señor Secretario General, que representa a las Naciones Unidas, ese gran proyecto civilizatorio, de encuentro, de paz, de entendimiento,
La Alianza de Civilizaciones es la alianza de los hombres y mujeres comunes y corrientes, los hombres y mujeres que cada día conviven y cooperan pacíficamente y que de esa manera hacen avanzar el mundo. Cada día la historia de sus vidas será más la historia de la Humanidad y nosotros, sus representantes, debemos dar testimonio de ello. Por eso debemos ser los primeros en poner los medios para la paz, la más noble aspiración de los seres humanos.
Muchas gracias.